20/04/2018
28/03/2018 - 07.55hs - Sociedad

Reseña: Un salto sin red por la vigencia del vitalismo

Por Marcelo Ibarra

Al menos una vez cada 10 años surge la discusión sobre la vigencia de un arte de vanguardia. Desde las burocracias del saber se sostiene que las estéticas de ruptura ocuparon un tiempo y espacio determinados, las décadas del 20 y del 30 del siglo pasado, Europa occidental y dos o tres regiones de Latinoamérica.

Esta postura cómoda cuenta con el aval del establishment cultural, ya que siempre será posible echar mano a las clasificaciones, postular la reedición de gestos, clasificar métodos artísticos como invariables. Entonces, todo lo nuevo que incomode puede ser tildado de parodia o pastiche. Aún así, quedan sin resolver los principales interrogantes de las vanguardias: la incitación a través del arte a vivir intensamente, la ruptura en el interior de los cánones de construcción y valoración de la obra, es decir, qué se debe entender por obra de arte.

En su primera publicación La razón bárbara (Editorial Lisboa, 2017), Agustín Caldaroni retoma la discusión racionalismo/vitalidad, que dominó los círculos intelectuales en el período de entreguerras y que tuvo en la polémica entre Georges Lukács y los futuristas italianos su punto más álgido.

Desde el título ya es posible observar el objetivo de comprometer la palabra con la sensibilidad corporal, como si esa adjetivación dejase entrever, más allá del oxímoron, un intento por reabrir esa grieta entre lo racional y lo vital.

El libro abre con el poema programático y de verso libre “El tiempo de volver a equivocarse”, que invita a fundar mitos y fábulas y define a la poesía como “músculo de hierro elástico”. Reaparece el cuestionamiento de las estéticas rupturistas hacia aquello que se considera arte: “Los únicos poetas que conozco/son los dignos de entrar en mi casa/a comer un asado, a gozar del vino/y ellos no hablan jamás de poesía”.

En el límite entre los dos lineamientos vanguardistas, exhortación a la vida intensa y discusión sobre el estatuto artístico, se ubica la propuesta de Caldaroni. “Una trompada comunica más que el poema si revienta dientes en esquirlas de marfil”, anuncia el poema “Tunda”. No se trata de renegar del pasado o caer en la pose del escándalo paródico. A lo largo de todos los textos, se observa una constante que es recoger lo mejor de las estéticas vanguardistas. Si en el ritmo y en estilo La razón bárbara es heredera del futurismo, en el contenido o núcleo temático lo es del negrismo centroamericano.

Pero hablar de barbarie es, se quiera o no, retomar la discusión nunca saldada con el esquema sarmientino. Se le ha objetado hasta el hartazgo al autor de Facundo que lo civilizado debería ser lo propio y lo extranjero lo bárbaro, aunque en su fórmula se inviertan los signos. Caldaroni es consciente de ello y postula una concepción de la barbarie como toda aquella expresión cultural, política y filosófica negada por el liberalismo.

El tópico del flâneur está presente con menciones al norte argentino, horizonte geográfico de lo bárbaro para el autor. En tanto, lo erótico evidencia una lectura atenta de Georges Bataille, que subyace en el rechazo a la dimensión utilitaria de la existencia.

Lejos de ofrecer respuestas unívocas o cerrar discusiones, La razón bárbara es una apuesta a generar interrogantes sobre la vigencia de una estética rupturista.

 

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